A vueltas con los MOOC

Esto días he leído y escuchado algunas opiniones y referencias a la situación actual de los MOOC (Massive Online Open Courses) y de la revolución que supuso su irrupción en el panorama de los cursos online.

En concreto, me gustaría reflexionar sobre algunas de las cosas que se dice en uno de los artículos del especial sobre formación online que publicó recientemente EL PAÍS “¿Qué fue de la revolución MOOC?

En él se da una definición con la que estoy bastante de acuerdo: “un MOOC no es una comunidad, un evento, un foro o una red social, sino un sitio para aprender con cierta organización en medio de la superabundancia de información que existe en Internet”. Si pensamos un poco en esta afirmación nos daremos cuenta que el papel desempeñado por los MOOC no es baladí ya que solo el hecho de organizar de forma correcta la inmensa información que existe en Internet, de modo que facilite su acceso y posterior tratamiento en el proceso de aprendizaje del individuo, es más que suficiente para justificar su existencia. Ahora bien, un MOOC es algo más bajo mi punto de vista, ya que creo que tiene algo de todas las cosas que esa definición niega; algo de comunidad y de foro o red social sí que posee puesto que una gran parte en que se fundamenta este tipo de cursos es en el aprendizaje colaborativo entre iguales y, por supuesto, es un evento.

Alexandra Maratchi, CEO de Homuork afirma que “Puede que los MOOC no sean el futuro pero no se entiende el futuro de la Educación Superior sin ellos”. También estoy bastante de acuerdo con esta afirmación pero me gustaría matizar algunos flecos. Estoy seguro de que los MOOC, dentro del aprendizaje informal, pueden complementar estupendamente a los cursos (presenciales o virtuales) con los que se desarrolla el llamado aprendizaje formal y que se imparten en las instituciones acreditadas para ello. Ahora bien, cuando se pretende “igualar” un MOOC con un curso online de los llamados “tradicionales” ahí sí que difiero. En mi opinión, el valor de los MOOC radica en la libertad de los usuarios para seguirlo, con el objetivo de construir su propio conocimiento por sí mismo, que no es poco, sin esperar nada más en forma de certificación, evaluación o reconocimiento, más allá del hecho de construir su propio portafolio virtual de logros conseguidos en la adquisición de determinadas competencias, de modo que sean las empresas las que decidan el nivel de validación de esos logros. Para que un MOOC sea certificado debería incluir un objetivo a alcanzar, una metodología, unos contenidos y una evaluación, al menos. El día que ocurra eso el MOOC pasará a estar en el lado de los cursos online “tradicionales”, convirtiéndose en una herramienta más del aprendizaje formal, dejando de ser informal y, por tanto, perdiendo la esencia de su nacimiento, sin contar además que para que esto pueda llevarse a cabo de manera correcta, la sigla de masivo debería desaparecer, por lo que ¿qué quedaría del MOOC entonces?

En la citada publicación se hace referencia a la dificultad que conlleva este hecho de acreditar este tipo de formación, señalando que aunque en Estados Unidos están más avanzados en este tema (algunas universidades ya certifican sus MOOC, como el Georgia Institute Technology y la Wharton University), en Europa sigue siendo una asignatura pendiente y, en particular, tal y como afirma Alexandra Maratchi, “En España hay muchos MOOC pero pocas certificaciones” y, en este sentido, la pregunta que se lanza es “¿Quién quiere estudiar si no puede acreditarlo?” Yo creo que sí existen personas que quieran hacerlo y esa es la filosofía con la que entiendo los MOOC. Hay personas que acceden a los MOOC con la intención de adquirir algunas de las competencias que se desarrollan allí, sin intención de completar todo el curso y, por tanto, no buscan una certificación sino una mejora en su aprendizaje sin más. Por eso estoy completamente de acuerdo con las afirmaciones de Luis Moreno, que dice que un MOOC deja de serlo en cuanto hay que pagar por algo (“Creo que el conocimiento debe ser abierto para que sea accesible a todo el mundo”), y Alexandra Maratchi (“Un MOOC es gratuito por definición, es la herramienta para modernizar y democratizar el aprendizaje”).

Otro de los temas que aborda la publicación mencionada es que solo el 10% de los que se apuntan a un MOOC lo termina. Bueno, esto es así sin duda porque las cifras lo demuestran pero creo que habría que eliminar de esas cuentas a las personas que se inscriben en un MOOC y luego ni siquiera lo comienzan (a mí mismo me ha pasado alguna vez), total como es gratis… esto haría que ese 10% aumentara. Además, hay que tener en cuenta, como ya he comentado, que hay personas a las que solo les interesa una parte o módulo del MOOC y por tanto no lo completan, pasando a engrosar el porcentaje de abandonos, aunque para ellos haya sido un éxito. Por eso, las cifras de abandono necesitan otra ponderación para que puedan dar una información más real.

En lo que sí que estoy de acuerdo, cosa que se podía intuir desde el nacimiento de los MOOC, es en el “fracaso” en cuanto a ser abiertos para todo el mundo tal y como se explica en la publicación a la que hago referencia, que dice textualmente: “…las primeras investigaciones demostraron que no habían democratizado mucho la educación superior pues los alumnos solían ser educados y de clase alta. Por otra parte, los estudiantes de los países más pobres del Tercer Mundo donde idealmente han querido llegar los fundadores de estos cursos, no tienen acceso regular a una conexión de Internet de alta velocidad, muchas veces carecen de un nivel que les permita aprender con cursos que se imparten casi exclusivamente en Inglés, y tampoco disponen de mucho tiempo libre para estudiar”. Nada más que añadir.

Como conclusión, sigo afirmando que los MOOC deben tener su sitio en el aprendizaje a todos los niveles, incluido el superior, pero cumpliendo el papel que les corresponde que, en mi opinión, es el de complemento de los cursos online “tradicionales” y no el de sus sustitutos mejorados, como a veces pretenden ser metidos con calzador y, ya se sabe, a la fuerza pocas cosas funcionan durante largo tiempo.

@jlalejan